La dependencia del alcohol y la paternidad es un tema delicado, al igual que la salud mental y la paternidad, sin embargo, es un problema más común de lo que creemos. Si lo miramos detenidamente los niños con TDAH tienen más probabilidades de que un padre tenga el mismo diagnóstico y el TDAH también conlleva un mayor riego de desarrollar dependencia del alcohol. Otros factores de riesgo como estrés, ansiedad o situaciones psicosociales también hacen a las personas más vulnerables al alcohol.
Especialmente si hablamos de niños con emociones fuertes o muy activos a sus padres les puede costar manejar sus propias emociones y en algunos casos les pueden desbordar las de sus hijos. Todo en conjunto son una serie de riesgos que puede llevar, en algunos casos, a padres que explotan, tiran la toalla, se cuestionan a sí mismos y en algunos casos terminan por el camino devastador del alcohol u otras dependencias.
La dependencia empieza poco a poco, porque el alcohol está presente (y es casi una obligación) en muchos contextos sociales. Pero una copa después de un conflicto que luego se convierte en dos y al final en un hábito para escapar de situaciones difíciles puede convertirse en algo muy peligroso. Todos sabemos que la dependencia del alcohol puede llegar a destruir a la familia y por supuesto a la persona, que cada vez tiene menos control sobre sí misma y sus elecciones.
Si estás leyendo esto puede que tengas a alguien cercano con este problema. Piensa que es como una enfermedad, y que puede que a la persona le cueste reconocer que tiene un problema. Es un camino largo que esa persona ha de recorrer para luchar contra la dependencia y sí, hay ayuda, pero no siempre van a ir a buscarla. Intentar convencer a la persona afectada de dejar de beber durante determinados periodos de tiempo puede ser un comienzo. Luego es importante pensar que no estás solo/sola y que también estás en una situación de riesgo y puedes necesitar apoyo. El normalizar el no beber alcohol en ciertos contextos sociales puede ayudar mucho a estas personas y en general a la sociedad.
Pensaba escribir desde una perspectiva de género y qué mejor día que el día internacional de la mujer. Intentaré no caer en clichés pero en la mayoría de las familias que conozco, tanto en España como en Suecia, las mujeres, en este caso, madres, llevan la mayoría del peso de la casa y la responsabilidad de los niños e incluso se dice, en mitad del 2023, que los padres “ayudan”. Lo cual es bastante chocante ya que son sus hijos, su responsabilidad, ¿no? Hablamos además de una gran mayoría de mujeres que trabajan al igual que sus maridos. Hay excepciones, por supuesto, hay padres que toman responsabilidad pero si miramos a la gran mayoría ¿cuántos lo hacen y de forma igualitaria?
Se habla mucho ahora en los medios en inglés del “mental load” y es un concepto muy interesante. Podríamos traducirlo como la carga mental que llevan 24 horas al día la mayoría de las madres. Un ejemplo que nos suena es aquel del marido que le pregunta a su mujer ¿y hoy qué hacemos de cenar? o “es que no sé dónde guardas los calcetines de los niños” o ¿y qué tienen de deberes? Preguntas aparentemente inocentes, para “ayudar”, pero que implican que la mujer está coordinando todos los aspectos de la casa y los niños, el contacto con el cole, lavando y guardando la ropa, planeando las comidas, quizás también haciendo la compra y cocinando.
Muchos hombres se dan cuenta de que algo no va bien en la relación y se preguntan por qué su mujer está siempre estresada, salta a la mínima y no se sienta nunca con ellos a ver una peli. Muchas mujeres también notan que se sienten mal y tampoco saben señalar exactamente por qué pero están agotadas… aunque hacen lo que todas las otras mujeres hacen ¿o no?
Aquí el tema de la carga mental se vuelve relevante porque no es el buscar calcetines lo que lleva tiempo, ni tampoco el pasar un trapo por la mesa, es el hecho de preparar todo mentalmente e intentar llegar a unas expectativas inalcanzables. Estamos hablando de mujeres que, después de sus horas de trabajo, cuando llegan a casa- en su tiempo libre, cansadas- se dedican en primer lugar a sus hijos: meriendas, ver si hay deberes, ponerles a hacerlos, llevarles a actividades extraescolares, tener contacto con el cole, bañarles, cortarles las uñas, y en segundo lugar siguen ordenando, limpiando (tarea de Sísifo si hay niños), pasando la aspiradora, poniendo lavadoras, tendiéndolas, guardando la ropa, preparando la ropa de los niños, pensando en qué hacer de cena, si falta comprar algo, si lo van a comer los niños, si hay que sacar la basura, y entretanto, por supuesto, contestando a algún Whassup, preocupándose por si falta algo para el día siguiente o si han olvidado coger libre del trabajo para la cita del médico /dentista etc .etc. (Pff este párrafo ha sido más largo)
¿Os extraña que sea demasiado? Luego esta madre tendrá sentimientos de culpa por no haber jugado con alguno de sus niños o por haber contestado irritada a su marido o no contestado un mensaje. Y volveremos a esto pero no os juzguéis tan duramente, no es raro sentir estrés y cansancio, es que todo esto es demasiado para una persona! Si ni siquiera llegan las horas del día!! Y si además los niños tienen mal humor, lloran, gritan, no es raro sentirse desbordad@s.
No es raro y sin embargo tampoco debería ser lo normal, dejar toda la responsabilidad a una persona en una familia. Iría más allá, estudios con parejas del mismo sexo muestran una división mucho más igualitaria de las tareas. Así que, hombres, prestad atención, tomad responsabilidad si no lo hacéis ya, actuad y dejad de preguntar y tirar balones fuera -que si os dejan igual vais a tener que apañaros solos. Y, mujeres, aunque creáis que es obvio- hablad, delegad tareas- y no os juzguéis, lo estáis haciendo genial y no olvidéis que vuestras necesidades (por ejemplo dormir, comer, descansar, ducharse, sentir emociones…) son tan importantes como las de los demás.
Como nota final, si tenéis la posibilidad de que el hombre coja unos meses de paternidad no la dejéis pasar, eso ayuda a entender lo que significa tomar responsabilidad desde el principio. Sobre todo no lo hagáis porque “él gana más y vamos a perder dinero”. Las mujeres que ganan más no ceden sus meses de maternidad a sus maridos. Y además ahora mismo en la sociedad lo normal (lamentablemente) es que los hombres ganen más. No os dejéis nunca intimidar por eso, ni por argumentos del tipo de que como ganáis menos podríais dejar vuestro trabajo. Vuestro trabajo es tan importante -o más- que el suyo, no importa que ganéis menos, vosotras sois importantes para muchas personas y vuestro trabajo os da libertad e independencia en vuestras vidas.
El cambio empieza por ser conscientes y, sinceramente, esto es mucho más difícil de lo que parece. Yo misma, con toda mi experiencia sigo en un viaje de encuentro conmigo misma. En el día a día somos poco conscientes de cómo funcionamos, reaccionamos antes de saber ni por qué lo hacemos.
Sabemos vagamente cómo somos y sin embargo no hacemos mucho para evitar caer una y otra vez en las mismas trampas. Sabemos, por ejemplo, que somos terribles con el multitasking y sin embargo nos ponemos a hacer un bizcocho, una tortilla y mantenemos una conversación. Y luego se quema ya tortilla, se nos olvida el bizcocho y todo se convierte en caos. Sabemos que si evitamos conversaciones difíciles luego nos sentimos peor pero seguimos evitándolas. Sabemos que el tiempo va más rápido de lo que pensamos y aún no hemos puesto esa alarma para avisarnos de que es hora de salir.
Es cierto que en algunas cosas mejoramos – planear comidas con más de 10 minutos de antelación o buscarle un hogar a las llaves. Quizás también empezamos a entender qué nos estresa y qué nos cansa. Y sobretodo empezamos a distinguir las emociones primarias de las secundarias. Por ejemplo, la emoción primaria puede ser sentir frustración tras discutir con un niño, la secundaria juzgarte como un mal padre/madre.
Conocer nuestros puntos débiles o aquello que nos estresa o nos hace sentir mal es el primer paso para buscar soluciones. Sin embargo, es importante poder perdonarnos a nosotros mismos por no ser perfectos o incluso por ser muy imperfectos (según nosotros mismos). La autocompasión es una herramienta muy poderosa para todas esas personas que son normalmente muy críticas consigo mismas. Puede venir de una infancia difícil o incluso del bulling o maltrato, pero es importante reconocer si las voces negativas se han vuelto tu propia voz.
A ese enemigo interno hay que buscarle a veces su contrario, un amigo interno. Hay que crear a ese amigo que le diga a nuestro niño interior que está bien sentir lo que sea que sentimos y que lo valemos. Que el estar agotados no quiere decir que no seamos lo suficientemente buenos padres, solo quiere decir que estamos agotados. Y, por supuesto, que nos merecemos descansar. Si estás aquí leyendo como ser mejor padre o madre ya me demuestras que te preocupas por tus hijos, date crédito por ello, estoy segura de que te quieren un montón.
Los propósitos del nuevo año son algo que nos da nuevas energías y sin embargo poco nos acordamos de nuestros logros. Y es que si lo pensáis un poco hemos logrado cosas, que tal vez no fueran las que en un primer momento nos propusimos pero han añadido otros valores a nuestra vida.
Aunque no estemos justo donde queríamos estar quizás hemos empezado con un proyecto que nos hacía ilusión o hemos creado alguna rutina que nos hace sentir mejor o nos hemos atrevido a contactar a alguien que puede llegar a ser importante en nuestras vidas.
Revisar nuestros objetivos a corto o largo plazo nos ayuda a ver donde estamos y qué batallas queremos retomar o dejar atrás. La lucha por estar bien contigo mismo/misma debería ser una prioridad. Yo, como todos, tengo mucho que mejorar -empezando por el estrés de las mañanas- y, sin embargo, estoy orgullosa de haber acogido a una familia por unos meses, de hacer comidas más sanas y de haber encontrado un grupo de astronomía y otro de baile que me encantan.
Al hablar de objetivos es bueno apuntar a lo concreto, así que id más allá de los conceptos o las ideas vagas. Hay que coger el calendario y buscar huecos, quieres ir a esa clase – apúntate- conocer a más personas, escribe ese mensaje… es decir ve más allá del miedo al rechazo, a la frustración, y construye poco a poco el camino hacia tus metas.
Hay quien me pregunta por mi experiencia personal, con gemelas de 6 años y un niño de 8. Empezaré diciendo que es una experiencia única y muy bonita la de tener gemelas y observar su relación como también la relación con su hermano. Seguiré diciendo que el estrés y la sensación de no llegar a todo es normal y el tener a alguien con quien hablar es realmente un ancla al que aferrarse en los momentos difíciles.
Cualquiera que tenga niños entenderá también que un desafío, sobretodo cuando son pequeños y hay que mantenerlos a todos a salvo. Aún necesitan (o quieren) cosas al mismo tiempo, por ejemplo ayuda para ponerse las zapatillas o encontrar sus cosas. Momentos como salir de casa o conseguir que se levanten y se vistan siguen siendo bastante estresantes…
Lleva tiempo pero se encuentran formas de sobrellevar estos momentos, el trabajar en encontrar esos intereses comunes o momentos juntos (aunque sea un ratito cada día) es algo inmenso. Yo por ejemplo comparto con mi hijo el interés por la astronomía y me encanta hablar con él sobre esto.
Luego están esos truquis que van desde convertir momentos de tensión en juegos (por ejemplo el vestirse con una canción), el preparar todo antes (a mi este normalmente se me olvida pero sé cómo ayuda el tener todo en el mismo sitio), o tener más tiempo por las mañanas…
El respirar, conectar con tus sentimientos y resaltar lo que hacen en vez de lo que no hacen también es muy importante para romper esa búsqueda de atención negativa. Es importante pensar en cómo está uno mismo para poder cuidar de otros así que a aquellas mamás o papás que se han olvidado de ellos mismos quiero recordarles que se den un respiro y piensen en qué necesitan ellos mismos para estar bien.
Y por supuesto pedir ayuda cuando podamos porque aunque queramos ser (y todos piensen que somos) súper mamás o súper papás, en el fondo todos somos seres humanos.
Una marea de vacío nos inunda cuando perdemos a alguien, es el tipo de tristeza más profunda que podemos sentir. El duelo es uno de los procesos más difíciles por los que una persona puede pasar, perder a alguien cercano es como si nos arrancasen algo nuestro, sin aviso y sin derecho a hacerlo. Un millón de porqués que no podemos contestar, mucho dolor…
Si vemos a alguien pasar por este proceso no sabemos qué decir, no le podemos devolver a su ser querido, solo nos queda estar allí y preguntar si podemos ayudar con algo. Luego hay pérdidas más difíciles que otras, más inesperadas, que vienen más pronto de lo que deberían y que dejan una huella que nos marca para siempre. Yo creo, sin embargo, que todas las personas que pasan por nuestra vida dejan un trocito suyo en nuestro corazón.
La tristeza es una emoción que nos dice que tenemos que bajar el ritmo, quizás llorar, porque hemos perdido algo muy importante en nuestras vidas. A veces nos hace pensar en quiénes somos e incluso redefinirnos. Se pueden distinguir distintas etapas en el duelo y todas las emociones son válidas y cada uno toma su tiempo en recorrerlas. A mí me gusta pensar en el duelo como la metáfora de una tormenta con olas grandes y fuertes que arremete contra nosotros sin darnos tregua pero que, poco a poco, amaina y las olas, aunque vienen, son menos frecuentes y más bajitas.
¿Y si no amaina, qué hacer? Por supuesto pedir ayuda, si no es a un profesional al menos hablar a alguien cercano. Y en el tiempo que la tormenta pasa las rutinas son los cimientos para seguir en pié, los rituales una forma de despedirse. Lo siguiente es ser amable contigo mismo y recordar qué es lo que te hacer sentir bien, esas pequeñas cosas y añadir más de eso a tu vida.
¡Hoy es el día Mundial de la Salud Mental! He estado escuchando un podcast en el que Ángel Martín hace entrevistas sobre salud mental- “Por si las voces vuelven”, muy interesante por cierto- y los invitados siempre mencionan estrategias que les ayudan a sentirse mejor. Esto es individual, claro, pero a pesar de ello, hay muchas estrategias que nos ayudan a casi todos cuando estamos en nuestros peores momentos. Muchos nombran el deporte o la música, las rutinas -sobretodo en lo que se refiere al sueño y las comidas- el contacto social, mindfulness o el escribir. Hay estudios que demuestran cómo estos factores contribuyen a que nos sintamos mejor tanto si estamos en situaciones de estrés, depresión u otros problemas mentales.
El buscar ayuda es siempre un paso hacia sentirse mejor ya que necesitamos de los demás para salir de ciertos pensamientos que nos dañan, y es que al final somos seres sociales. Mucha gente se pregunta qué es lo que el Covid ha hecho con nosotros, sobretodo para los que han tenido que aislarse casi por completo y, por supuesto, los psicólogos vemos muchas nuevas dificultades. Y realmente en muchos casos lo primero es activarse, salir a caminar, retomar contactos… preguntarse, espera, ¿qué era aquello que me gustaba hacer tanto de pequeño? La vida cambia y sin embargo siempre nos quedará el sabor de esa naranja recién cogida del árbol, la sensación de inmensidad al contemplar las estrellas y tal vez los nervios y el olor a palomitas antes de empezar a ver una peli en el cine.
Hay estrategias que ya conocemos y otras que se pueden aprender, como a ser más conscientes de cómo nos sentimos y respirar profundamente. También hay cosas que hay que desaprender, cómo el multitasking y la efectividad y el machacarse con comentarios negativos. El sacar nuestro duendecillo bueno que dice “ya has hecho bastante, siéntate a descansar” es algo que se puede aprender. Y si el duende no está pues lo inventamos. En todo caso es importante preguntar a los que están a nuestro alrededor un ¿cómo estás? en serio porque el mero hecho de escuchar ya ayuda.
¿Y las estrategias con los niños? Pues las mismas, que también son humanos en miniatura, solo que necesitan aún más de nuestra ayuda. Y a veces nos resolverá bastante la vida un calendario para apuntar las cosas que tenemos/tienen que hacer y un padre/madre tranquil@ que les de tiempo para calmarse y les explique las cosas a su nivel.
Todas las emociones forman parte de nuestras vidas y sin embargo a menudo pretendemos que solo cabe una en nuestras vidas, la alegría. Sin embargo ¿no está acaso nuestra vida repleta de muchas otras, sobretodo si somos padres?
La alegría por supuesto aumenta al tener hijos pero ¿no se multiplican también la frustración, el miedo, el asco e incluso la tristeza? Nos juzgamos, sobre todo si somos padres, por sentir emociones negativas. Y eso hace que nos sintamos peor, la culpa es una de las emociones más comunes en los padres.
Las emociones tienen una función, por ello es importante reconocerlas, sentirlas y entender lo que nos dicen. Y luego valorar si deberíamos actuar o dejarlas venir y luego irse.
La culpa puede que nos diga que tenemos que hacer algo de otra manera. Su función puede ser el pensar en nuestros valores y qué quieres hacer la próxima vez. Sin embargo, el hundirse en una crítica personal y generalizaciones no ayuda. La ira puede tener la función de moverte y denunciar algo injusto, pero si crees que te va llevar a una agresión física deberías alejarte de quien te irrita y esperar a que te calmes.
Seguiremos hablando de emociones pero tenedlo en cuenta también con los peques y empezad validando sus emociones. Tomaos todo el tiempo que haga falta en mostrar empatía y nombrar lo que sienten (por ejemplo decid “entiendo que estás enfadado/triste…” ) y esperad- aunque cueste- con la parte de encontrar una solución. Los niños, al igual que los adultos, necesitan en esos momentos más el apoyo emocional que una solución racional para sus problemas.
Un área todavía bastante desconocida en la que he trabajado es el autismo. Y aunque es cierto que se conoce cada vez más el autismo, por ejemplo, por las series, muchas veces se enseña de una forma muy estereotípica o incluso mitificada en el “genio autista”. El trastorno por déficit de atención con o sin hiperactividad es más conocido y lo nombro aquí porque es junto a los trastornos del espectro autista una de las razones más comunes por las que los padres buscan ayuda.
El espectro autista incluye personas muy distintas, desde el niño que no habla y tiene conductas repetitivas hasta la profesora de física de una universidad prestigiosa. Lo que se diagnosticaba antes como Asperger forma ahora también parte del espectro autista. Y eso confunde. En el diagnóstico se incluyen dificultades de comunicación e interacción social y algún tipo de interés extremo o estereotipias. Sin embargo, el diagnóstico se realiza al observar los síntomas (como en la mayoría de diagnósticos psiquiátricos) y eso hace que dos personas con autismo pueden ser extremadamente distintas.
Puede que conozcas a alguien en el espectro y no lo sepas. Personas con autismo de alto funcionamiento pueden llevar un vida totalmente normal pero con dificultades y ansiedad que van por dentro. En el caso de los niños lo que puede llamar la atención son las dificultades en manejar las emociones (sin embargo esta dificultad puede explicarse por otras muchas otras causas). El cerebro de las personas con autismo funciona de otra manera y eso es lo que provoca dificultades en la comunicación con otros, por ejemplo al ser más literales que otros.
Si hablamos de neurodiversidad hay muchas estrategias que ayudan tanto con el déficit de atención como con el autismo y, en general, estas estrategias son buenas para cualquier niño. Por ejemplo las rutinas, sin entrar mucho en detalle, cuánto más estructura tengamos como padres -aunque suene aburrido- mejor sabrán los niños qué se espera de ellos en cada momento y se sentirán más seguros.
Escribiré más sobre estos temas, aquí solo quería presentarlos y así ampliar el conocimiento de estos diagnósticos y la empatía hacia los padres y cualquier persona en el espectro. Antes de juzgar a un padre o madre por tener un niño que grita o que es muy inquieto o que es extremadamente selectivo con la comida pensad que tal vez no es por la educación o por sus padres, y que lo mejor que podemos hacer es intentar echar una mano o al menos, no ser demasiado rápidos juzgando.
Cuando oigo la palabra obediencia en niños algo se me remueve por dentro. Es mucho más frecuente oírla en padres de niños pequeños que en padres de adolescentes. Y es que la experiencia nos enseña que no es algo que vaya con los niños (o adultos) per se. Por supuesto que haría nuestra vida más fácil que los niños nos hicieran caso a la primera y ahí veremos también que algunos niños lo harán más que otros.
Los padres primerizos se sorprenden de que sus hijos no les hagan caso, quizás pensaban que la crianza iba a ser más fácil, casi natural y sin embargo se encuentran con un pequeño ser humano con una voluntad muy distinta a la suya.
No nos hacen caso, entonces ¿qué hacemos? Algunos padres lo convierten en una lucha de poder, es más pequeño, lo llevas, le obligas. Es evidente que en algunas situaciones -pocas- por ejemplo, ante un peligro, tráfico, vas a tener que llevar al niño. Sin embargo, como norma general, la lucha de poder es una estrategia con la que pierdes más que ganas y que puede acabar en violencia. Todos conocemos a alguien a quien sus padres han pegado y sabe las consecuencias nefastas para la relación y la autoestima del niño.
Hay otras formas de ser padres. Si lo llevamos al terreno de los adultos sabemos que si nos obligan a hacer algo mal vamos, el estilo autoritario hoy en día pocos lo queremos. Pensad en qué es un buen jefe, seguramente es alguien con conocimientos, que explica sus argumentos y os escucha y respeta. Preferimos que nos pregunten, que al menos discutan nosotros lo que nos incumbe. Eso no quiere decir que vayamos a discutirlo todo pero un niño que se siente escuchado y valorado tiene más probabilidades de querer cooperar y ayudar a solucionar problemas.
A veces se trata solo de un cambio de perspectiva. ¿Queremos educar a nuestros hijos para que tan solo obedezcan, que hagan lo que se les diga sin cuestionarlo? Probablemente no. Lo que queremos seguramente es que dejen de gritar o correr o que hagan sus deberes.
Un análisis de por qué un niño se comporta de cierta forma -o no – nos puede ayudar mucho más ayudarle. Si entendemos que un niño se pone a correr cuando se hace tarde igual podemos planear llevarles a la cama antes o crear otra rutina, si no quiere hacer los deberes igual hay que averiguar si le cuesta ponerse y necesita algún tipo de apoyo.
Al final la crianza es más complicada de lo que pensamos y depende también mucho del niño. Muchos padres orgullosos de lo bien que se comporta su primer hijo tienen un segundo y se dan cuenta de que ya no saben qué hacer.
Empecemos por los pilares de las relaciones: cuánto más difíciles se pongan las cosas necesitaremos más cariño y momentos positivos. Y si no tenéis ni energía para ello es el momento de pedir ayuda, para estar un rato solos y tomar un descanso o para hablar con alguien.